La Tabla del Perdón.

Era un niño orgulloso, vanidoso, mal educado e imperativo. En los juegos no le gustaba perder y siempre mandaba en los demás. Así que, ya no le sobraban amigos y personas a quiénes les gustase su compañía. Semanas después, completamente solo y enfadado con la indiferencia de los demás, estaba el niño sentado en los escalones del porche de su casa. Al verle ahí, su abuelo se acercó a preguntar que le pasaba. El niño abrió su corazón al anciano y le contó su problema de rechazo social. Con la sabiduría propia de los abuelos, este propuso un juego al niño:

Entregó al niño una tabla de madera lisa y sin imperfecciones, en … leer +.

La Tabla del Perdón.Era un niño orgulloso, vanidoso, mal educado e imperativo. En los juegos no le gustaba perder y siempre mandaba en los demás. Así que, ya no le sobraban amigos y personas a quiénes les gustase su compañía. Semanas después, completamente solo y enfadado con la indiferencia de los demás, estaba el niño sentado en los escalones del porche de su casa. Al verle ahí, su abuelo se acercó a preguntar que le pasaba. El niño abrió su corazón al anciano y le contó su problema de rechazo social. Con la sabiduría propia de los abuelos, este propuso un juego al niño:

Entregó al niño una tabla de madera lisa y sin imperfecciones, en la cual el niño debería clavar un clavo por cada mala-acción, ofensa o lo que hubiera hecho a los demás que pudiera haber causado daño a esta otra persona.
En pocos días el niño retornó al abuelo y le enseñó la tabla completamente llena de clavos. Unos grandes, otros medianos y algunos pequeños de acuerdo con el tamaño del daño que había hecho. Entonces, su abuelo pidió al niño que buscara a cada persona a quién le correspondiera el clavo de la tabla y se disculpase, que le pidiera perdón por el daño causado. Aceptada las disculpas y dado el perdón, el niño debería sacar de la tabla el correspondiente clavo. Así lo hizo.

El niño volvió a enseñársela al abuelo con una enorme sonrisa de satisfacción en la cara.
Entonces le preguntó al niño el abuelo:
_” ¿Que ves en la tabla?”
_”Veo diferentes agujeros”_ Contestó el niño.
Con el temple de su sabiduría el anciano dice al niño:
_”Estos agujeros en la tabla son los sentimientos de las personas a quién dañaste y así es la vida. Puede que te hayan perdonado pero, como en la tabla, siguen los agujeros, en las personas, permanecen las cicatrices que jamás se olvidan”.

Muchas veces somos como el niño del cuento, hacemos daño a los demás con nuestras acciones o palabras. Muchas veces somos egocéntricos y no miramos ni un centímetro más allá de nuestras narices. El mayor enemigo del hombre es él mismo, su consciencia o la falta de ella. No practicar la hipocresía de disculparse y sí la sabiduría de no dañar a los demás, es mas honorable que practicar él ejercicio del perdón. Al fin y al cabo el daño ya está hecho y nuestra Tabla del Perdón cada día con más agujeros.

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